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| Escena de "El Secreto del Unicornio" |
Cuesta creer que la adaptación cinematográfica definitiva de uno de los grandes iconos mundiales del noveno arte haya tardado tres décadas en ver la luz, pero lo cierto es que el estreno europeo de Las aventuras de Tintín: El secreto del Unicornio constituye un reconfortante triunfo de la voluntad sobre la asepsia mercantilista de cierto emporio comercial cada vez más impermeable al romanticismo inherente a toda epopeya fílmica.
Quizá por ello, la incertidumbre generada en los despachos de Sony y Universal Pictures respecto de la acogida de la película en Estados Unidos, con un demográfico a priori poco interesado en todo lo ajeno a su acervo cultural, ha motivado su desembarco previo en el viejo continente, partiendo de la premisa de que su previsible éxito por estos lares arrastrará a los cines a los espectadores del otro lado del charco. Será el signo de los tiempos, pero resulta como poco desconcertante tanta aritmética cuando el bagaje conjunto del trío Hergé-Spielberg-Jackson no puede ser otro que el del entretenimiento con mayúsculas.
Detengámonos brevemente en el origen: George Remi tuvo el acierto de crear un personaje que, resultando en el fondo tan coyuntural como sólo puede serlo un alter ego eternamente juvenil, atraviesa de forma modélica la convulsa historia de un siglo XX convertido en fecundo substrato de los 24 volúmenes que describen las correrías del intrépido reportero, desde los últimos estertores del colonialismo europeo a los cambios propiciados por la revolución social de los sesenta. Que las andanzas de Tintín hayan sido traducidas a un centenar de idiomas, hasta llegar a la mágica cifra de las 350 millones de copias vendidas redunda en lo irrebatible de su vigencia, pero el tránsito al siglo XXI requería de un salto cualitativo que posibilitara sumar para la causa a los nuevos consumidores de imágenes, para los que el hecho visual pasa antes por la pantalla que por la viñeta. Ni que decir tiene que la transición de uno a otro formato ha recaído, afortunadamente, en el cineasta más indicado para llevar a buen puerto tamaño encargo. Beneplácito del autor mediante.
Quizá por ello, la incertidumbre generada en los despachos de Sony y Universal Pictures respecto de la acogida de la película en Estados Unidos, con un demográfico a priori poco interesado en todo lo ajeno a su acervo cultural, ha motivado su desembarco previo en el viejo continente, partiendo de la premisa de que su previsible éxito por estos lares arrastrará a los cines a los espectadores del otro lado del charco. Será el signo de los tiempos, pero resulta como poco desconcertante tanta aritmética cuando el bagaje conjunto del trío Hergé-Spielberg-Jackson no puede ser otro que el del entretenimiento con mayúsculas.
Detengámonos brevemente en el origen: George Remi tuvo el acierto de crear un personaje que, resultando en el fondo tan coyuntural como sólo puede serlo un alter ego eternamente juvenil, atraviesa de forma modélica la convulsa historia de un siglo XX convertido en fecundo substrato de los 24 volúmenes que describen las correrías del intrépido reportero, desde los últimos estertores del colonialismo europeo a los cambios propiciados por la revolución social de los sesenta. Que las andanzas de Tintín hayan sido traducidas a un centenar de idiomas, hasta llegar a la mágica cifra de las 350 millones de copias vendidas redunda en lo irrebatible de su vigencia, pero el tránsito al siglo XXI requería de un salto cualitativo que posibilitara sumar para la causa a los nuevos consumidores de imágenes, para los que el hecho visual pasa antes por la pantalla que por la viñeta. Ni que decir tiene que la transición de uno a otro formato ha recaído, afortunadamente, en el cineasta más indicado para llevar a buen puerto tamaño encargo. Beneplácito del autor mediante.

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